5 minutos para saberlo todo sobre la clementina de Córcega

Se la reconoce por sus hojas puntiagudas de color verde oscuro, su piel fina, su pequeño tamaño y su sabor irresistible. La clementina corsa es la única producida en Francia. Te revelamos los secretos de este cítrico que ilumina los postres y las meriendas llenas de vitaminas de noviembre a enero. ¡Un concentrado de Córcega en invierno!

Una etiqueta IGP

Desde 2007, la Clementina de Córcega cuenta con una Indicación Geográfica Protegida, garantía de calidad. Para ser reconocida como “de Córcega”, la clementina debe ser cultivada y embalada en la isla, cosechada una vez madura a mano con sus hojas y no ser objeto de un tratamiento de colorimetría. Estas prácticas respetuosas de la fruta contribuyen a crear un sabor único, estable y constante, y reconocen su carácter obtenido gracias al terruño corso.

Un sabor “Made in Córcega”

Los huertos de la Isla de la Belleza, como se apoda a Córcega, situados en la costa oriental, tienen temperaturas más bajas que en el resto de la cuenca mediterránea. Este clima particular limita la acumulación de azúcar y le da un sabor reconocible entre todos, mezcla de toques dulces y ácidos, típica de la clementina de Córcega. Da también a esta fruta su color rojo anaranjado. Un último signo por el que se la reconoce es que la clementina de Córcega no tiene pepitas, lo que gusta especialmente a los niños.

Nunca sin sus hojas

Durante mucho tiempo, la clementina de Córcega fue la única en poder presentar sus hojas en los puestos de los mercados ya que su procedencia insular la había librado de las virosis vegetales. Aunque en la actualidad hay otras clementinas que se venden con ellas, las clementinas de Córcega se reconocen nada más verlas por la forma alargada de sus hojas.

Hija de la mandarina y de la naranja

Perteneciente a la familia de los cítricos, la clementina procede de un cruce natural entre la flor del mandarino y el polen del naranjo. En 1892, en Argelia, cerca de Orán, el botanista Louis Charles Trabut observó los primeros plantones híbridos en el vivero de uno de sus hermanos, de nombre Clément. Bautizó la fruta en su honor y en 1902 dedicó un artículo a su descubrimiento en la Revista Hortícola Francesa. Así se inició la trayectoria de la clementina. Los primeros rastros de clementinas en Córcega se remontan a 1925. Los árboles fueron plantados por Philippe Semidei en Figareto, en la costa oriental.

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Es el número de agricultores que cultivan con pasión la clementina de Córcega comercializada bajo una IGP. De las 31.250 toneladas de clementinas producidas en Córcega en 2018, el 96% fueron reconocidas por la IGP.

Una fruta de invierno

Entre los cítricos, la clementina destaca por una madurez precoz. La cosecha comienza en noviembre y termina a principios de enero. Por eso, la clementina de Córcega encuentra fácilmente su lugar entre los 13 postres navideños de Provenza.

Confitada y mermelada

Muchos son quienes gustan de tomarla fresca y sabrosa, ya que su sabor hace surgir imágenes soleadas durante los largos días de invierno. Pero la clementina de Córcega también se saborea en mermelada (casera, por supuesto) o confitada, la fruta entera o en zumo, en una salsa dulce y salada. Cruda, también puede acompañar un ceviche de pescado…

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