Normandía, tierra fértil para el arte

La historia reciente se ha empeñado en unir Normandía con Desembarco, pero ¿acaso esta región francesa nació en 1944? Guillermo el Conquistador, Juana de Arco o Monet demuestran que no.

Más allá de sus playas, un día teñidas de sangre, será el arte, con algunas pinceladas de historia, el hilo conductor de nuestro periplo por la región francesa. Los paisajes de Étretat, Honfleur o Giverny –musas de los impresionistas–, majestuosas catedrales como la de Rouen o los singulares edificios contemporáneos de Le Havre nos acompañarán por el camino.

Comenzamos nuestro circuito por la región de Normandía en Fécamp saltando al siglo VII en la abadía benedictina de la Trinidad. Su reliquia de la Santa Sangre convirtió a la iglesia en un centro de peregrinación a la altura del mismísimo Mont Saint-Michel. Pero, ¿quién les iba a decir a los monjes que su mayor legado sería una receta medicinal transformada, siglos después, en licor? Hablamos del licor Bénédictine, cuya destilería se encuentra en un fastuoso palacio de principios del siglo XX construido para servir de museo. Arte sacro, piezas de herrería medievales o carteles estilo Art Nouveau llenan las salas del ecléctico palacio Bénédictine junto a los alambiques y la bodega desde donde se exporta el licor a todo el mundo.

La Costa de Alabastro se extiende a lo largo de 130 kilómetros en el norte de Normandía, Fécamp incluida. Sus blancos acantilados le plantan cara al violento mar del Canal de la Mancha. En Étretat encontramos su postal más conocida. Allí donde las puntas gemelas del Falaise d’Aval –con su célebre arco suspendido– y del Falaise d’Amont atrajeron en su día a los pintores impresionistas. Las dos moles de piedra lechosa cierran la playa de este pequeño pueblo de casas bajas y ambiente relajado. Si las vistas desde la playa emocionan, no lo hacen menos las que se tienen desde lo alto de las “gemelas”. El fuerzo de la subida a la Chapelle Notre-Dame-de-la-Garde tiene doble recompensa: las vistas hacia los acantilados y el descubrimiento de los deliciosos jardines de Étretat, verdadera obra de arte del paisajismo.

La arquitectura contemporánea también tiene su lugar en Normandía. El bombardeo constante a la ciudad de Le Havre durante la Segunda Guerra Mundial la convirtió en el “solar perfecto” para las nuevas ideas arquitectónicas de Auguste Perret. Tanto, que sus edificios le han valido a la ciudad la declaración de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Viviendas, edificios públicos, incluso la iglesia de Saint-Joseph con su imponente campanario fueron construidos a partir del humilde hormigón. La ciudad mantiene su idilio con la arquitectura contemporánea y presume de una de las obras de Niemeyer en Francia: el “volcánico” Espacio Oscar Niemeyer.

De lo más actual, nuestro recorrido nos lleva al siglo XV en Honfleur. Monet, Courbet, Boudin y otros pintores impresionistas se enamoraron de su luz y su cielo. Aún hoy en día, los barcos, los estrechos y coloridos edificios de piedra reflejados en las aguas del Vieux-Bassin conforman una de las postales más pintorescas de Normandía. Pero no hay que quedarse al borde del agua: el antiguo pueblo conserva el trazado medieval de sus calles, así como muchos edificios de entramado de madera. Entre ellos, la iglesia de Sainte-Catherine, una de las iglesias de madera más grandes de Francia. Hoy los pescadores han desaparecido, pero todavía se pueden oír los ecos de sus carretillas sobre el suelo empedrado… ¿o serán los puestos del mercado junto a la iglesia? A poca distancia de Honfleur se encuentra Beuvron-en-Auge, reconocido como uno de los Pueblos Más Bonitos de Francia. Poco más que una plaza, pero ¡qué plaza! Preciosas casitas de entramado de madera, con sus listones pintados, acogen restaurantes y tiendas en plena ruta de la sidra normanda.

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© Atout France/PHOVOIR - Utah Beach, una de las playas del Desembarco.

A pesar de todo, no se puede recorrer Normandía sin toparse con el Desembarco, (del que se conmemoró el 75º aniversario en 2019). El primer contacto con esa dramática historia debería ser en el Memorial de Caen: desde las causas del conflicto hasta cómo siguió incluyendo –y aún continúa haciéndolo– a través de la Guerra Fría. Una visita imprescindible.

Antes de lanzarnos a pisar la arena de las playas del Desembarco, nos espera la ciudad de Caen. Su castillo, uno de los castillos medievales más grandes de Europa, domina la ciudad desde lo alto de una loma. La sensación de poder que transmiten las vistas desde su camno de ronda te convierten, por un instante, en Guillermo el Conquistador. El Museo de Bellas Artes que se encuentra en su interior te devuelve a la Costa de Alabastro, gracias a Monet y su Étretat, la Manneporte, refejos sobre el agua. Las evocadoras ruinas de la iglesia de Saint-Gilles juegan con nuestra mente presentándose como el escenario romántico perfecto, aunque sea, de nuevo, la Segunda Guerra Mundial la responsable de su estado. Sin olvidar la Abadía de los Hombres con la tumba de Guillermo el Conquistador ni la de las Mujeres, con la de su esposa, o sus muchas iglesias y casas de entramado de madera.

Llega el momento de dejarse golpear por la historia más sangrienta de Normandía en las playas de Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword, en la Pointe du Hoc, en los cementerios militares –alemán, americano y británico–, en los museos, en los monumentos conmemorativos… Los sentimientos se agolpan, las sensaciones se magnifican, la historia se llega a palpar. Aunque, envueltos en el silencio de esas playas convertidas hoy en remansos de paz, cuesta imaginar el terror de los miles de soldados que perdieron sus vidas ese fatídico 6 de junio de 1944.

El terror es algo que John M. Steele conoció de primera mano. Se quedó colgado del campanario de Sain-te-Mère-Eglise al saltar en paracaídas mientras las balas silbaban a su alrededor. Un maniquí lo recuerda en ese mismo lugar. Porque sí, no todo fueron lanchas y arena, también hubo saltos en paracaídas el día D. Las Airborne Divisions, las divisiones aerotransportadas del ejército estadounidense, saltaron tras las líneas enemigas en Sainte-Mère-Eglise. Los vitrales de su iglesia y su museo lo recuerdan.

El nombre de Guillermo el Conquistador resuena de nuevo en nuestro recorrido. La gesta del francés que llegó a ser rey de Inglaterra quedó registrada para la posteridad en un tapiz, en realidad un lienzo bordado, de 68 metros de longitud. Ese “cómic” gigante que ha llegado casi intacto hasta nuestros días desde principios del siglo XI se conoce como el tapiz de Bayeux. Poca imaginación hace falta para sentirse parte de la hazaña mientras se camina frente a sus “viñetas” acompañado de una audioguía. Sí, una curiosa y añeja versión del noveno arte, el cómic. Al mismo tiempo que se comen-aba a bordar el tapiz, se levantaba la catedral de estilo románico lombardo de Bayeux, la otra obra maestra de esta pequeña población.

Abadía de Jumièges
© Atout France/Nathalie Baetens - Abadía de Jumièges

Las abadías cobran protagonismo en los alrededores de Rouen. Después de sorprendernos con las ruinas de la iglesia de Saint-Gilles en Caen, nos encontramos con las que Víctor Hugo califcó como “las ruinas más bonitas de Francia”: las de la abadía de Jumièges. Si los acantilados de Étretat y los cielos de Honfleur sirvieron de inspiración para los pintores impresionistas, los románticos encontraron su musa entre las piedras de Jumièges. Como los turistas del siglo XXI hemos perdido ese espíritu romántico, hoy es posible recorrer las ruinas con una tableta que nos muestra, con realidad aumentada, el aspecto que tuvo la abadía en su momento álgido. Una mezcla perfecta de ruina romántica y tecnología moderna.

A diferencia de la de Jumièges, la abadía de Saint-Georges de Boscherville ha llegado a nuestros días con su románico casi intacto. No necesitas una tableta para viajar al pasado, se muestra tal y como era ante tus ojos.

El arte en Rouen, como en Jumièges, mezcla lo nuevo y lo antiguo: un moderno espectáculo de luz y sonido sobre la fachada gótica de su catedral. Aunque no pases la noche en la ciudad, la visita al interior de la catedral, los cuadros de Monet en su museo de Bellas Artes, la torre gótica del Gros-Horloge, la plaza del mercado viejo o el Memorial de Juana de Arco, que fue quemada en Rouen, justifcan la parada. Nuestro recorrido por Normandía acaba en Giverny tras los pasos de Monet. Los jardines de su casa le sirvieron de inspiración para muchas de sus obras. Pasear por ellos es sumergirse en sus cuadros. Entrar en su casa, del taller a la cocina, es conocer un poco más al artista.

Obras de arte plasmadas en telas, levantadas en piedra, dibujadas con hilos o esculpidas por la naturaleza. Normandía no nació en 1944.

Giverny, cadre de Renoir, Musée des impressionnistes
© Atout France/Patrice Thébault, Museo de los Impresionismos en Giverny, pueblo normando donde vivió Monet. Cuadro de Renoir.

Qué comer en Normandía

La gastronomía también es un arte en Normandía. Para los queseros basta decir que Camembert está aquí, pero también se producen el Livarot, el Neufchâtel y el Pont-l’Evêque.
Las vieiras, las ostras y los mejillones de sus costas rivalizan con los diez millones de manzanos que florecen en el interior. Sus frutos nos llevan a la sidra y al Calvados, que cuenta con su propio museo: Calvados Experience.
La carne llega desde Mont Saint-Michel con sus corderos pré-salé, sin olvidar la vaca normanda y los deliciosos embutidos. Los golosos también están de enhorabuena con galletas normandas, galettes, caramelos u hojaldres.


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