En Lille, dulces, cerveza y achicoria...

Gracias a asociaciones como “Mange Lille !”, los habitantes sin prejuicios redescubren la remolacha, el cerdo, la achicoria y los sabores locales, con un corazón tan grande como esta región. Nuevos restaurantes, bares, cervecerías e instituciones revisitadas proponen en la actualidad una alternativa sabrosa a los mejillones, la “carbonade” y el “potjevlesch”. ¿Dónde comer (bien) en Lille? Esta es nuestra selección del momento...

El más dulce: Meert

Desde 1761, los más golosos se quedan boquiabiertos ante los escaparates del establecimiento situado en el número 27 de la calle Esquermoise. Antes de sucumbir a los célebres gofres de vainilla, merece la pena visitar la parte de atrás de esta tienda declarada monumento histórico. Tom Truy-Courties, que todavía no ha cumplido los 30 años, sublima los paladares con sus rollos de sardinas, tarta tatin de cebolla y azúcar terciado o cerdo asado con anguila ahumada. Todas ellas son combinaciones acertadas, servidas bajo los espejos que forman parte de la decoración neobarroca de tonos rojos y blancos. De postre, se impone el “crumble” de vainilla y nuez de pecán.
Meert (Enlace externo)

El más espumoso: l'Échappée Bière

Creado por tres norteños, l’Echappée Bière ve las cosas a lo grande: propone en toda Francia juegos de pistas para conocer mejor la fabricación de cerveza. Y aquí saben fermentar los cereales desde el primer milenio. Existen dos recorridos, “la chope de Gambrinus” en el viejo Lille y “la brasserie des Trois moulins” en el barrio de Saint-Sauveur. Las salidas diarias prevén catas a ciegas, enigmas y sorpresas. El plano entregado por el guía detalla asimismo las curiosidades, como por ejemplo el arte de la calle alrededor del jardín Jean-Baptiste Lebas.
L’Echappée bière (Enlace externo)

El más patatas fritas: Bierbuik

Sus patatas fritas con espuma de queso Maroilles están bien cocidas y son muy conocidas. Florent Ladeyn hace furor con este “vientre de cerveza” (“bierbuik” en flamenco) que puede acoger a hasta 80 comensales. Las grandes mesas comparten “flamiche” o cerdo hechos en fuego de leña a precios baratos. Las cervezas fabricadas allí mismo pueden contener conchas de ostras o mondas de patatas: aquí no se tira nada. Para terminar, un postre a base de achicoria.
Bierbuik (Enlace externo)

El más amarillo: Jane

Muros de tonos leopardo, palmeras doradas y bancos de color azafrán ofrecen una decoración a medio camino entre Tarzán y Visconti. Jane se oculta en la planta baja del antiguo consulado de Polonia, convertido en el hotel de moda l’Arbre Voyageur. Al chef le gusta flambear los linguini, con trufa de Borgoña o gambas, en una rueda de parmesano. Uno ruge de placer antes de hacer las compras en la tienda del establecimiento.
Restaurante Jane - Hotel L’Arbre Voyageur (Enlace externo)

El más hortelano: Le Vagabond

Doce cubiertos, cuatro platos y un poco de suerte a la hora de reservar. Tras haber trabajado en el Clarance, Nicolas Pourcheresse recibe hoy a sus clientes en un pequeño local en la calle Saint-André. El barbudo chef pelirrojo prepara, cocina y sirve. Las verduras proceden de su huerto, los peces de la pesca artesanal, los vinos son biodinámicos. Ya liberado de su antigua etiqueta -el cocinero más joven en conseguir una estrella Michelin-, ofrece un momento antológico y ecológico.
Restaurante Le Vagabond (Enlace externo)

El más croqueta: le Barbue d’Anvers

¡Ah, las croquetas de gambas grises como en Knokke-le-Zoute! Cuando uno sueña con tomar una “lengua de gato a la sartén” (es un trozo de buey) o sorbetes de cerveza. La Barbue d'Anvers no es un nuevo establecimiento, pero ni el estómago ni los ojos se cansan de él, y eso es lo importante.
Restaurante Le Barbue d’Anvers (Enlace externo)