Museo Lalique, de simple vidrio a alta joyería

Entrada al Museo Lalique-Museo Lalique en Alsacia
El norte de Alsacia es conocido por el histórico trabajo del vidrio. El grueso manto de arenisca, que proporciona sílice, y la gran cantidad de bosques, cuya madera se usa como combustible, son dos recursos imprescindibles para las fábricas de vidrio que están instaladas desde el siglo XV en la zona de Wingen-sur-Moder. Su calidad fue mejorando con el tiempo, hasta llegar a ser equiparable a la del vidrio inglés, considerado el mejor del mundo.

Aunque la verdadera revolución llegó con un joyero llamado René Lalique, nacido en 1860 en Ay, región de Champaña. René Lalique empezó desde muy joven a dibujar en pequeños cuadernillos forrados de tela, que llevaba siempre consigo para hacer bocetos de figuras y arabescos rebosantes de vida, anotar recetas de cocina, citas poéticas, y cualquier cosa que le sirviera de inspiración.

Su despreocupada adolescencia terminó abruptamente con la muerte de su padre a sus 16 años, momento en el que empezaría como aprendiz en el mundo de la joyería, llegando a trabajar para algunos de los más grandes maestros de la época, como Jacta, Aucoc, Cartier...

Con tan solo 25 años uno de sus clientes joyeros le vendió su taller, lo que supuso un revulsivo en la carrera de Lalique. En ese momento tenía libertad creativa para diseñar sus propias joyas, llevando a cabo piezas nunca vistas. Según René Lalique, "más vale buscar la belleza que exhibir el lujo... Lo inmaterial prevalece sobre lo material." Con esta filosofía, inventó la joya moderna, según propias palabras del artista del Art Nouveau Emile Gallé.

Estas joyas vanguardistas tuvieron gran aceptación entre las élites intelectuales y artísticas de la época, destacando entre las personas que usaban sus joyas la actriz Sarah Bernhardt, la primera actriz francesa en ser reconocida internacionalmente. A pesar de la relativa pobreza de los materiales empleados, profusos en vidrio, los exquisitos diseños de Lalique causaban furor. El creador hacía piezas de bajo coste, a parte de sus piezas exclusivas, porque consideraba que todo el mundo tenía que poder disfrutar de la belleza, sin importar su poder adquisitivo.

Con la celebración de la Exposición Universal de París de 1900 se consagraría el estatus de gran maestro joyero de Lalique. Los 50 millones de visitantes quedaron prendados de sus colgantes, peinetas, diademas y anillos de estilo tan personal y orgánico; y la crítica lo ensalzó como el gran artista que fue.

Pero el éxito no hizo que se acomodase, y harto de las imitaciones que surgían de sus obras, exploraba nuevos horizontes para dar rienda suelta a su creatividad. El vidrio le llamaba especialmente la atención desde hacía tiempo, así que tras la Exposición de 1900 diversificó su creación aprendiendo todo sobre la elaboración del vidrio.

En esta nueva aventura con el vidrio conoció al empresario perfumista François Coty en 1907, que le adentró en el campo de los frascos para perfumes, hermanando el arte y la industria, acción tan fiel al espíritu del Art Nouveau. Gracias a esta acción, el mundo de la perfumería ya no volvería a ser el mismo, pues cada perfume tendría su propio frasco, diseñado en función de su personalidad y decorado en función de los valores que encarna. El frasco sería el embajador del perfume, algo nunca visto hasta entonces, y ello supuso un gran éxito comercial para las marcas de perfumes que contaban con frascos creados por Lalique.

Pocos años después de terminar la Primera Guerra Mundial, en 1921, nuestro protagonista decidió instalarse en Wingen-sur-Moder, buscando la mano de obra cualificada que necesitaba para su nueva faceta como vidriero, y haciendo resurgir la industria vidriera de la zona. Desde entonces, la fábrica de Lalique se encuentra en este lugar, así como el moderno museo inaugurado en 2011.

En 1925, en plenos felices años 20, se celebró la Exposición Internacional de las Artes Decorativas de París. Este gran evento confrontó las ideas de vanguardia, como el cubismo, el fauvismo o el arte africano en un mismo espacio. Artistas de la arquitectura como Le Corbusier, Mallet Stevens o Chareau se dieron cita en esta exposición junto a artistas de las artes decorativas como Ruhlmann, Groult, Dufrêne y Dunant. Y por supuesto, también estuvo René Lalique, que vio en esta exposición la oportunidad de aplicar el vidrio en nuevas soluciones, sobre todo de arquitectura. Creó paneles de vidrio para diferentes pabellones, además de tener el honor de diseñar tanto la puerta de entrada de la Exposición como la fuente monumental. Este evento supuso la consagración de su carrera como vidriero.

A parte de sus joyas, los frascos de perfume y los elementos decorativos a base de vidrio, Lalique también creó arte sacro para diferentes iglesias, como los lirios y ángeles de Douvres-la Délivrande, cerca de Caen; o el via crucis de la iglesia de Sauchy Lestrée en Pas-de-Calais.

Como resumen del estilo artístico de René Lalique, el artista Léon Rosenthal lo resume así: "Simplicidad, ponderación, simetría. Las emplea con total libertad, según sus propias tendencias —que exhiben mayor elegancia que fuerza— y responden siempre a una necesidad imperiosa de creación. No retrocede ante la osadía ni la imaginación, pero sus novedades siempre están justificadas." Un excelente resumen para una vida entregada al arte y a la creación, que terminó en 1945.

Tras el fallecimiento de René, su hijo Marc Lalique tomó las riendas del negocio, introduciendo a la empresa en la era del cristal. La diferencia entre el vidrio y el cristal es que este último contiene óxido de plomo en su composición, lo que le da un sonido y un brillo diferente. Mediante el contraste entre la transparencia y el satinado se logra la máxima expresión en la pureza del cristal, creando el conocido como "efecto Lalique", tan reconocido en la actualidad.

Después de Marc tomó el relevo en la fábrica su hija Marie-Claude Lalique, que retomó el arte de diseñar piezas únicas, como por ejemplo las medallas olímpicas de los juegos de invierno de Albertville 1992.

En 2008 la empresa fue adquirida por la sociedad Art & Fragrance con el objetivo de consolidar la marca a nivel internacional y aumentar la capacidad productiva de la cristalería, reeditando obras antiguas y creando otras nuevas siguiendo el estilo Lalique, que sigue bien vivo.

En la actualidad, 200 personas se dedican al noble arte del vidrio y la cristalería en Wingen-sur-Moder, y la fabulosa historia de la cristalería Lalique se puede conocer de primera mano en el museo Lalique, que lleva abierto desde 2011. Aquí se pueden apreciar algunas de las mejores creaciones de toda la dinastía Lalique, conocer el proceso de creación de las piezas de cristal, y empaparse de la historia de la joyería francesa.

Cita en el Museo Lalique en Alsacia