El mar amplía las vistas

El Havre es conocido sobre todo por la arquitectura en hormigón armado de Auguste Perret que viste sus calles. Al mismo tiempo, la ciudad puede presumir de una maravillosa orilla con animados bistrós y danzarinas cometas de kitesurf. Desde allí, he echado un vistazo a mi alrededor y he mirado El Havre con otros ojos…

Visita en barco

Me subo directamente a uno de los barquitos que, desde el embarcadero del Digue Olsen, hacen sus travesías varias veces al día por el puerto y la playa. El trayecto empieza con las vistas de la silueta del casco urbano de El Havre, que, con la imponente iglesia de Saint-Joseph y los edificios gemelos de Perret que conforman la Puerta oceánica, ya aporta carácter a la visita, y termina bajando hacia las gigantescas grúas de carga y los pesados petroleros y cargueros que han convertido el puerto en el segundo más importante del país. Más tarde bordeamos la costa por el otro lado, lo que nos ofrece una primera panorámica de lo que nos espera. Mi viaje dura por lo menos una hora, pero puede durar un poco menos. De uno u otro modo, el viaje en conjunto es un auténtico placer (y además muy económico).

MuMa

Prácticamente en el extremo más lejano del paseo marítimo se encuentra el Musée d'Art Moderne André Malraux, cuya sobria fachada de cristal da la bienvenida, ya desde cierta distancia, a los muchos visitantes que, como yo, llegan en barco a El Havre. Esa era precisamente la idea cuando se decidió la ubicación de este museo construido a principios de los años 60 que se relaciona con el mar igual que con el cielo: el tejado del MuMa también es de cristal para que entre la mayor cantidad posible de luz natural en el edificio. El artificio arquitectónico es un gesto de admiración al gran Eugène Boudin, cuyo amor por la pintura al aire libre preparaba el camino hacia el impresionismo y cuya obra forma parte actualmente de la exposición permanente del MuMa. Por cierto, en sus últimos años, Boudin a menudo ya solo pintaba nubes, un caso evidente de neverleavetheclouds.

Gente con cometas en la playa

Bajo un poco más por la playa. A la izquierda y a la derecha encuentro enormes cantos rodados de color gris oscuro y en el centro, una franja de playa que transcurre juguetona como un meandro. Si echo la mirada hacia el mar, lo que sucede muy a menudo por culpa del intenso murmullo de las olas del Atlántico, veo que el cielo está repleto de las coloridas cometas de los kitesurfistas. La vista hacia el Boulevard Albert 1er, que transcurre paralelo a la playa, ofrece también un vistoso juego de colores: aquí están las llamadas Cabanes, varios centenares en total, en las que los felices arrendatarios o propietarios dejan sus cachivaches de playa o en las que a veces simplemente hay dos sillas de playa. ¡Pues sí!

Bar du Bout du Monde

Mi última parada por la zona costera de la ciudad en realidad ya no se encuentra en El Havre, sino en la pequeña localidad colindante de Sainte Adresse. Esta zona, que lleva el nombre de “El fin del mundo”, es mucho más tranquila que la bulliciosa playa cercana al casco urbano y con ella encaja este sosegado chiringuito con su romántica, a la vez que salvaje, terraza ajardinada que el periódico Le Figaro denominó, con toda razón, “lugar de ensueño”. Echo un vistazo a la excelente carta de vinos, me decido al final por un suave Chablis, como el que se puede tomar en los innumerables locales de El Havre, y repaso mentalmente este maravilloso día junto al mar.

Le Havre