El matrimonio polinesio

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El matrimonio polinesio tahiti

Fa’aipoipora’a porinetia

En la sociedad tradicional

Dijeran lo que dijeran los “descubridores” europeos de la Polinesia Francesa a finales del siglo XVIII, las costumbres en la sociedad tradicional preeuropea estaban lejos de ser tan disolutas como lo pretende la leyenda que la describía como un “paraíso”. Muy a menudo, los relatos de estos descubridores hacían creer que el matrimonio entre los Ma’ohi no era más que un acuerdo formal con poco lugar para los sentimientos, sin consecuencia social ni religiosa y en el cual el acto sexual era el principal fin. Pero distaba mucho de ser así.

Un papel destacado

En una sociedad polinesia mucho más compleja de lo que hacían pensar los primeros testimonios, el matrimonio polinesio respondía a unas reglas y a unos rituales precisos. Marcaba de facto el paso a la edad de las responsabilidades. Cuando dos jóvenes habían decidido casarse, debían obtener el asentimiento de sus respectivos padres. Cuántos más bienes o poder estaba en juego, más arduas y complicadas eran las negociaciones. No era posible casarse fuera de su casta (o clase social), a riesgo de perder su rango y sus privilegios.

Si bien los ritos eran ligeramente diferentes y sobre todo con un coste muy distinto según la casta a la que pertenecían los novios, el fundamento religioso y la importancia del compromiso eran iguales para todo el mundo.

Unos intereses en juego en ocasiones esenciales

En Polinesia como en otros lugares, cuanto más era lo que estaba en juego, más frecuentes eran los matrimonios de conveniencia. Por ejemplo, la unión marital podía servir para poner fin a guerras tribales, para asentar el poder de una familia sobre otro territorio, para construir o incrementar fortunas uniendo propiedades inmobiliarias, asociando títulos de “nobleza”, etc…

Por lo tanto, entre las familias de los pretendientes tenían lugar negociaciones para definir los términos del matrimonio y la aportación de cada una de las partes. Además de establecer alianzas políticas y sociales, el matrimonio creaba un conjunto de obligaciones recíprocas mediante el intercambio de bienes y servicios entre las familias. Estas obligaciones se extendían a lo largo de toda la vida de los esposos pero también durante varias generaciones.

El rito prenupcial

Una vez establecido el acuerdo, cada una de las dos familias plantaba una rama de ti (árbol sagrado que se utiliza hoy para los cercados) delante de su fare (casa tradicional). Este acto simbólico convertía la promesa en sagrada. Los preparativos de la boda ya podían comenzar.

La mañana del primer día de la ceremonia, la familia y los amigos de la novia acudían, sin ella, a casa del novio. Si, debido a la lejanía, el trayecto requería navegar por la laguna, o incluso en alta mar, se construían unas piraguas especialmente para el acontecimiento.

Una vez llegada al destino, la delegación procedía a entregar unos regalos siguiendo un ritual y un orden definidos por el rango de cada uno de los miembros que la integraban. A continuación, la familia de la novia regresaba a su casa y cada cual proseguía los preparativos de la ceremonia que se desarrollaba al día siguiente. Era primordial que la unión fuera bendecida por los dioses. Por lo tanto, en el marae (lugar sagrado) de la tribu o, para los más opulentos, el marae familiar –en general del linaje del novio-, se desarrollaba el ritual religioso de la boda.

Una ceremonia codificada

Tras vestirse con sus mejores galas y ataviados con joyas, conchas y coronas de flores, los novios, escoltados por toda una procesión, se presentaban ante el sacerdote para la ceremonia propiamente dicha. Durante la misma, primero había que recordar el linaje de los antepasados de cada uno de los novios y dar las gracias a los dioses más importantes, pero también a aquellos que aportaban su protección a cada una de las dos familias y a aquellos a quienes estaba dedicado el marae. Sólo tras ello, el sumo sacerdote procedía a bendecir a los esposos, haciendo de este modo que su unión fuera sagrada, oficial e indefectible.

Hasta que no hubiese concluido esta muy larga ceremonia durante la cual se realizaban numerosas ofrendas a las diferentes divinidades invocadas, ofrendas que podían llegar hasta el sacrificio de animales, no podían comenzar las festividades.

Estas festividades se organizaban alrededor de un gran tamara (banquete) acompañado por cánticos y danzas. Los recién casados ocupaban las plazas de honor.

En la sociedad contemporánea

Al igual que para todos los ciudadanos franceses, el matrimonio en Polinesia Francesa es primero un compromiso civil validado por el alcalde del municipio o por uno de sus concejales. Luego, para los creyentes, que en las islas son la práctica totalidad de la población, este compromiso es bendecido durante una ceremonia religiosa, bien católica o protestante, las dos principales confesiones del país. Cada año se celebran alrededor de 1.000 bodas. El matrimonio sigue siendo por tanto una institución sólida en la sociedad polinesia.

Atractivo e importancia del matrimonio de inspiración tradicional

Aunque las religiones tradicionales ya no sean practicadas y se haya perdido gran parte de la memoria de los ritos que las caracterizaban, numerosos hoteles y estructuras turísticas del país organizan ceremonias de boda de inspiración tradicional. Eso sí, estas ceremonias sólo tienen un valor simbólico y no son legales. Pero al retomar parte de los rituales y de los fastos propios de las bodas tradicionales de alto rango, encuentran un franco éxito entre los visitantes.

Por ello, son cada vez más las celebridades y personalidades que acuden a casarse, simbólicamente, en nuestras islas. Así, se han casado estrellas como Eddy Barclay, Mickey Rourke, Dustin Hoffman y, más recientemente, Eddy Murphy en la isla de Bora Bora.

Las ceremonias reconstituidas

Los novios llegan al lugar de la ceremonia en piragua, recibidos por los cánticos de un grupo folclórico. Con un vestido tradicional y engalanados con un collar de lores, son unidos por un tahu’a, un sacerdote de la religión preeuropea.

Como en los tiempos antiguos, una sábana denominada tapoi cubre a los novios que reciben los parabienes de los invitados. La presencia de un grupo de danza y un paseo en piragua por la laguna suelen acompañar las festividades que se celebran en una playa o en un motu (islote). Un “certificado” de matrimonio escrito en un tapa (tejido fabricado a partir de corteza de árbol) suele entregarse en ese momento.

Exotismo, fastos, rituales y decorados paradisiacos se combinan por tanto para garantizar el éxito y el renombre de estas bodas polinesias todavía impregnadas del sabor de las festividades y el buen ambiente que caracterizaba y sigue caracterizando a la sociedad polinesia.

Lunas de miel y bodas

Además del atractivo que representan estas bodas, la fuerza del mito que rodea al territorio y el romanticismo vinculado a él han convertido a Tahití y sus islas en un destino privilegiado para los viajes de novios.

Alrededor del 30% de los turistas, unas 66.000 personas al año, acuden a Polinesia Francesa para pasar la luna de miel. Esta clientela denominada de “honeymooners” se divide, prácticamente en tercios, entre norteamericanos, europeos y japoneses. Para estos últimos, Tahití está fuertemente vinculado al matrimonio ya que el 70% de los visitantes japoneses acuden a la Polinesia Francesa en viaje de novios.

Es frecuente que los recién casados de todos estos países combinen su luna de miel con la celebración de una boda tradicional, aportando de este modo un toque romántico y exótico adicional a su estancia.